Amalia

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XI. De cómo empezó para Daniel una aventura de fábulas

Por más de un momento Daniel llegó a creer con toda buena fe que se hallaba de veras en el infierno. Se puede imaginar, pues, lo que oiría entre aquellas gentes, cuya sociedad buscaba Rosas para su hija.

Manuela, aunque acostumbrada a este coro, se ruborizaba, sin embargo, de que Daniel oyese aquel lenguaje que se le tributaba como homenaje debido a su posición. Pero con esa elocuencia que aquél poseía en sus miradas, diole resignación por varias veces, acabando de convencerla de que había en él una remarcable superioridad sobre los otros.

La sala quedó al fin despejada, y la señora doña Mercedes Rosas de Rivera levantóse para retirarse. Y con aquella su candidez característica le dijo abrazándola:

—Conque, hijita, me voy, y me llevo a Bello para hacer rabiar a Rivera.

Manuela fingió sonreírse.

—No me deja, mujer —continuó la primera—; está como nunca. Anoche hasta me pellizcó; pero yo, nada… lo he de hacer rabiar, hasta que deje de celarme.

—¿Conque se va usted, tía?

—Sí, hijita, pues, hasta mañana.

Y Mercedes imprimió sus labios y sus rubios lunares en la pálida mejilla de su sobrina.


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