Amalia

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En el centro de la pequeña sala, un blanquísimo mantel de hilo cubría una mesa redonda de caoba, sobre la que estaban dispuestos tres cubiertos, y cuya porcelana y cristales reflejaban la luz de una pequeña pero clarísima lámpara solar.

Eran las ocho y media de la noche, y la luna, llena y pálida, se levantaba de allá del fondo de las aguas, y por la mano de Dios, y presentada al mundo.

Una franja de luz, desde el pie de la tierra viajera de la noche, atravesaba el río, y parecía, sobre su superficie movediza, una inmensa serpiente con escamas de nácares y plata.

La noche era apacible. Las estrellas poblaban el azul del firmamento y una brisa sutil y perfumada en los jardines de nuestro Paraná pasaba por la atmósfera, como el suspiro enamorado de las sílfides que vagaban en aquel momento entre los tiernos rayos de la luna, bebiendo el éter y jugando con la luz diamantina, pero tenue, de nuestros astros meridionales.

Todo era soledad y poesía; todo diafanidad y calma en la Naturaleza, allí, a orillas de ese río, testigo tantas veces, y en ese instante, de la tormenta desencadenada en las pasiones de todo un pueblo.

Las olas se escurrían muellemente sobre su blando y arenoso lecho, y por un momento parecía que el invierno había plegado sus nevosas y agostadoras alas; y en la brisa del norte se respiraba un aliento primaveral.


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