Amalia

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XIV. Aparición

Según las órdenes de Amalia, ninguna luz se veía en la casa. Las puertas de las habitaciones estaban cerradas, a excepción de las que daban al río, porque por ese lado era seguro que no pasaba nadie de noche.

A su entrada a la pequeña sala, Luisa vino a recibir a su señora, y el viejo Pedro asomó su cabeza por una ventana interior para ver que volvía sin novedad la hija de su coronel.

—¿No ha venido Daniel?

—No, señora: nadie ha venido después del señor don Eduardo.

Pocos momentos hacía que la linda viuda y su gallardo amante conversaban, siempre de sus amores y de sus promesas para lo futuro, cuando Pedro, que vigilaba el camino desde una ventana de su cuarto a oscuras, se asomó a la puerta de la sala, y dijo:

—Ahí vienen.

—¡Vienen! ¿Quiénes? —preguntó Amalia, sobresaltada.

—El señor Don Daniel y Fermín.

—¡Ah! Bien, cuidado con los caballos.

—Daniel es nuestro ángel custodio, Eduardo.

—¡Oh, Daniel, Daniel no tiene semejante entre los hombres! —dijo el joven con cierto aire de vanidad, al tributar aquel homenaje de justicia al amigo de su infancia.


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