Amalia
Amalia —¡Cargoso!
—Vaya, pues, ahí está el arma misteriosa, como la ha llamado Eduardo.
Y Daniel sacó del bolsillo de su levita y puso sobre la mesa una varilla de mimbre de un pie de largo y delgada en el centro, y en cuyos extremos había dos balas de hierro de seis onzas a lo menos cada una, cubierto todo por una red finísima de cuero de Rusia, sumamente espesa; arma que, tomada por una de las balas, se blandía sin quebrarse el mimbre, y daba un peso y una fuerza triple al otro extremo, al más leve movimiento de la mano.
Amalia la tomó al principio como un juguete, pero luego que comprendió todo su poder mortífero, la separó de sus manos.
—¿La has visto ya, mi Amalia?
—Sí, sí, guarda eso. Debe ser terrible un golpe dado con una de esas balas.