Amalia
Amalia La comitiva del jefe de día tomó por la calle de la Reconquista, que conducía al cuartel del coronel Ravelo.
No eran más que las doce de la noche, pero la ciudad estaba desierta, pues sólo veíase en ella el bulto de los serenos en sus respectivos puestos, prontos a marchar a la fortaleza para reunirse con su jefe, a la señal de alarma; pero nada más. De aquel alegre y bullicioso pueblo de Buenos Aires, cuya juventud en otro tiempo esperaba con impaciencia la noche para dar expandimiento a su espíritu, ávido de aventuras y de placeres, no quedaba ya un solo vestigio. Cada familia encerraba desde el anochecer a los padres y a los hijos; y la simple acción de pasear las calles de Buenos Aires en la época del terror, después de las ocho de la noche, era lo bastante para hacer entender que había una gran seguridad federal en quien tal cosa hacía. Terrible escuela desde 1838, en que la juventud que permaneció en Buenos Aires comenzó a aprender hábitos femeniles, aconsejados por esa falta de seguridad personal que hacía buscar entre las paredes del domicilio la única garantía posible a los que temían a cada paso encontrarse con el puñal o el chicote de la Mazorca.