Amalia
Amalia Antes de resolverla, sin embargo, yo querría hacer entender al general Lavalle, y a todo el mundo, que el poder de Rosas no está en los esteros, zanjas, cañones y soldados de Santos Lugares: está en la capital, está en el fuerte. Puedo decir: Buenos Aires es la cabeza; todo lo demás no son sino miembros subordinados. Es de Buenos Aires que ha de partir la reacción en la corriente revolucionaria, que debe descender de ésta para surcar por toda la República. Y en este caso el problema por resolver no es otro que el de si conviene o no invadir la ciudad por alguno de los flancos de los campamentos de Rosas, y tomar posesión de ella, dejándolo a él dueño de la campaña.
En la posición del general Lavalle, yo no vacilaría en aceptar el primer caso, porque me asiste la convicción de que, si el ejército se retira, la cuestión se pierde y se pierde el ejército y, en esta coyuntura, yo preferiría arriesgar esa inmensa pérdida sobre el único terreno que ofrece una posibilidad de triunfo.
En la ciudad no puede haber resistencia; los federales están abatidos por la simple incertidumbre de los sucesos, y la mitad de ellos, cuando menos, se pasaría de buen grado al general Lavalle, para buscar con su traición a Rosas una garantía futura.