Amalia

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Los sucesos se precipitan ya, y todo debe ser rápido como va a serlo el choque de nuestra desgracia o nuestra fortuna.

¡Dios vele sobre los buenos!

Terminada esta carta, el joven escribió por último a su Florencia, y le decía:

Alma de mi alma:

Todavía soy feliz en el mundo, muy feliz, desde que, abrumado y cansado de una lucha estéril, pero terrible, que tú no conoces todavía, tengo tu corazón para refugio de mi alma, tengo tu nombre para acercarme a Dios y a los ángeles, al escribirlo.

Hoy he sufrido mucho, y mi único consuelo es la esperanza que tengo de que vas a prestarte a mis deseos: es necesario que persuadas a tu buena madre, que la decidas a su viaje a Montevideo; pero pronto, mañana si es posible. Yo lo facilitaré todo. Y si es necesario, para la tranquilidad de su espíritu, que seas mi esposa antes de la partida, mañana mismo nos unirá la Iglesia, como nos ha unido Dios para siempre.

Sobre el cielo que nos cubre, en el aire que respiramos, está hoy la desgracia, y quizá… ¡Quién sabe!… Todo es fatídico hoy… Yo no quiero tu mano, es decir, mi felicidad, mi orgullo, mi paraíso, en estos momentos; pero lo haré si es necesario para tu partida.


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