Amalia

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I. Septiembre

El primer día de septiembre de 1840 se extendió sobre el cielo de Buenos Aires, oscuro, triste, cargado de vapores, como si en su aparición ese fatal mes quisiera ofrecerse a los ojos de los mortales tal como se ofrecería en la posteridad al estudio del historiador: triste, sombrío, cargado de error y preñado de la tormenta de sangre que debía estrellarse, romperse y diluviar sobre la frente argentina.

Todo era fatídico.

El ejército libertador había pasado cerca de un mes en pequeñas operaciones, marchando lentamente, tratando de conquistar con buenas proclamas y acciones de indulgencia unas simpatías que no era posible hallar en la campaña, en el número en que las buscaba el general Lavalle para vencer a Rosas.

El general López, de Santa Fe, empezaba a obrar a retaguardia del ejército.

Don Vicente González y otros jefes de Rosas, por el flanco derecho.

Y a su frente el dictador se atrincheraba en su campamento de Santos Lugares. Y, débil en los primeros días de la invasión, se hacía fuerte, moral y materialmente por la lentitud de su enemigo.


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