La Edad de oro
La Edad de oro —Yo quisiera saber quién anda allá lejos picando piedras —dijo Meñique.
—Aquí está un pichón que acaba de salir del huevo, y no ha oído nunca al pájaro carpintero picoteando en un tronco —dijo Pablo.
—Quédate con nosotros, hijo, que eso no es más que el pájaro carpintero que picotea en un tronco —dijo Pedro.
—Yo voy a ver lo que pasa allá lejos.
Y aquí de rodillas, y allá medio a rastras, subió la roca Meñique, oyendo como se reían a carcajadas Pedro y Pablo. ¿Y qué encontró Meñique allá en la roca? Pues un pico encantado, que picaba solo, y estaba abriendo la roca como si fuese mantequilla.
—Buenos días, señor pico —dijo Meñique:—¿no está cansado de picar tan solito en esa roca vieja?
—Hace muchos años, hijo mío, que estoy esperando por ti —respondió el pico.
—Pues aquí me tiene —dijo Meñique.
Y sin pizca de miedo le echó mano al pico, lo sacó del mango, los metió aparte en su gran saco de cuero, y bajó por aquellas piedras, retozando y cantando.
—¿Y qué milagro vio por allá su señoría? —preguntó Pablo, con los bigotes de punta.
—Era un pico lo que oímos —respondió Meñique, y siguió andando sin decir más palabra.