Elementos fundamentales para la critica de la Economia Politica
Elementos fundamentales para la critica de la Economia Politica La historia de la economÃa polÃtica moderna concluye con Ricardo y Sismondi: antÃtesis de las cuales una habla en inglés, la otra en francés; tal cual a fines del siglo XVII esa historia habÃa comenzado con Petty y Boisguillebert. La literatura económico-polÃtica posterior se extravÃa ora en compendios eclécticos, sincréticos, como por ejemplo la obra de John Stuart Mill, ora en el cultivo más profundo de campos especiales, como es el caso de la History of Prices[1] de Tooke y en general de los últimos trabajos ingleses sobre la circulación —el único dominio en el cual efectivamente se han hecho nuevos descubrimientos, ya que las obras sobre colonización, propiedad de la tierra (en sus diversas formas), población, etc., a decir verdad sólo se distinguen de las precedentes por una mayor abundancia de material—, o en la reproducción de viejas controversias económicas para un público más amplio y la solución práctica de problemas del momento, como los escritos sobre free trade y protection(2), o por último en alambicamientos tendenciosos de las orientaciones clásicas, una relación en la que por ejemplo están Chalmers con respecto a Nialthus y Gülich(3) con respecto a Sismondi, y en ciertos aspectos Mac-Culloch y Senior, en sus obras más tempranas, con respecto a Ricardo. Estamos cabalmente ante una literatura de epÃgonos, ante una reproducción, un mayor perfeccionamiento de la forma, una asimilación más amplia del [92] material, un puntualizar, popularizar, recapitular, una mayor elaboración del detalle; una carencia de fases descollantes y decisivas; realización de un inventario, por una parte, y por la otra multiplicación de pormenores. Sólo se exceptúan, aparentemente, las obras de Carey, el yanqui, y Bastiat, el francés, //844// el último de los cuales admite apoyarse en el primero.[2] Ambos comprenden que la antÃtesis de la economÃa polÃtica —el socialismo y el comunismo— encuentra su presupuesto teórico en las obras de la economÃa clásica misma, y particularmente en Ricardo, que ha de considerarse como la expresión última y más acabada de aquélla. De ahà que ambos en tiendan necesario atacar, como a un malentendido, la expresión teórica que la sociedad burguesa ha adquirido históricamente en la economÃa moderna y demostrar la armonÃa de las relaciones de producción allà donde la economÃa clásica, ingenuamente, habÃa llamado la atención sobre el antagonismo de las mismas. El ámbito nacional absolutamente diferente, e incluso contradictorio, del que los dos extraen materia para sus escritos, los impulsa no obstante a los mismos empeños. Carey es el único economista original de los norteamericanos. Pertenece a un paÃs en el que la sociedad burguesa no se desenvolvió sobre la base del régimen feudal, sino a partir de sà misma; donde esa sociedad no se presenta como el resultado supérstite de un movimiento secular, sino como el punto de partida de un nuevo movimiento; donde el Estado, a diferencia de todas las formaciones nacionales precedentes, estuvo subordinado desde un principio a la sociedad burguesa, a su producción, y nunca pudo plantear la pretensión de constituir un fin en sà mismo; donde, en conclusión, la sociedad burguesa misma, asociando las fuerzas productivas de un mundo viejo al inmenso territorio natural de uno nuevo, se desarrolla en proporciones hasta ahora ignotas y con una libertad de movimientos desconocida, y ha sobrepujado con largueza todo trabajo precedente en lo que atañe al dominio sobre las fuerzas naturales; y donde, por último, las antÃtesis de la sociedad burguesa misma aparecen sólo como momentos evanescentes. ¿Qué más natural, entonces, que las relaciones de producción en las cuales ese enorme mundo nuevo se ha desarrollado tan rápida, asombrosa y prósperamente, sean miradas por Carey como las relaciones normales y eternas de la producción y el tráfico sociales, relaciones que en Europa, y especialmente en Inglaterra, que para él es [93] la Europa por antonomasia, se han visto trabadas y menoscabadas por las barreras heredadas del perÃodo feudal y que a él le parezca que los economistas ingleses han observado, reproducido y generalizado de manera caricaturesca y adulterada esas relaciones; al confundir trastornos fortuitos de las mismas con su carácter inmanente? Relaciones norteamericanas contra relaciones inglesas: a eso se reduce su crÃtica de la teorÃa inglesa de la propiedad de la tierra, el salario, la población, las antÃtesis de clase, etc. En Inglaterra la sociedad burguesa no existe en su pureza, en correspondencia con su concepto, adecuada a sà misma. ¿Cómo los conceptos de los economistas ingleses acerca de la sociedad burguesa habrÃan de ser la expresión auténtica, impoluta, de una realidad que no conocÃan? El efecto perturbador que sobre las relaciones //845// naturales de la sociedad burguesa misma ejercen influencias tradicionales, no surgidas del seno de aquélla, se reduce en última instancia para Carey a la influencia del Estado sobre la sociedad burguesa a sus intromisiones y usurpaciones. El salario, por ejemplo, aumenta, de modo natural con la productividad del trabajo. Si encontramos que la realidad no se ajusta a esta ley, nos bastará, sea en Indostán o en Inglaterra, con abstraer los influjos del gobierno, los impuestos, el monopolio, etc. Las relaciones burguesas, consideradas en sà mismas, esto es, dejando de lado las influencias del Estado, siempre confirmarán, en efecto, las armónicas leyes de la economÃa burguesa. Carey, naturalmente, no investiga hasta qué punto esas influencias estatales, public debt, taxes(4), etc., surgen precisamente de las relaciones burguesas y se presentan, por ejemplo en Inglaterra, no por cierto como resultados del feudalismo, sino antes bien de su disolución y sometimiento, y cómo en Norteamérica misma el poder del gobierno central crece con la centralización del capital. Mientras que Carey, frente a los economistas ingleses, hace valer asà el superior poderÃo de la sociedad burguesa en Norteamérica, Bastiat, frente a los socialistas franceses, hace valer el escaso poder de la sociedad burguesa en Francia. ¡Creéis rebelaros contra las leyes de la sociedad burguesa en un paÃs en el que nunca se permitió a esas leyes su realización! Sólo las conocéis en su atrofiada forma francesa, y consideráis como forma inmanente de la misma lo que no es más que su distorsión nacional-francesa. [94] Echad un vistazo a Inglaterra. En este paÃs es preciso liberar la sociedad burguesa de las trabas que le impone el Estado. Vosotros queréis aumentar esas trabas. Diferenciad primero en forma pura las relaciones burguesas, y entonces hablaremos de nuevo. (Bastiat tiene razón en la medida en que en Francia, a causa de su peculiar conformación social, valen como socialismo no pocas cosas que en Inglaterra son economÃa polÃtica.)
