La Comuna de Paris
La Comuna de Paris La Comuna tenía toda la razón cuando decía a los campesinos: «Nuestro triunfo es vuestra única esperanza». De todas las mentiras incubadas en Versalles y difundidas por los ilustres mercenarios de la prensa europea, una de las más tremendas era la de que los «rurales» representaban al campesinado francés. ¡Figuraos el amor que sentirían los campesinos de Francia por los hombres a quienes después de 1815 se les obligaría a pagar los mil millones de indemnización! A los ojos del campesino francés, la sola existencia de grandes terratenientes es ya una usurpación de sus conquistas de 1789. En 1848, la burguesía gravó su parcela de tierra con el impuesto adicional de 45 céntimos por franco pero, entonces, lo hizo en nombre de la revolución, en cambio, ahora, fomentaba una guerra civil en contra de ésta, para echar sobre las espaldas de los campesinos la carga principal de los cinco mil millones de indemnización que había que pagar a los prusianos. En cambio, la Comuna declaraba en una de sus primeras proclamas que los costes de la guerra habían de ser pagadas por los verdaderos causantes de ella. La Comuna habría redimido al campesino de la contribución de sangre, le habría dado un gobierno barato, habría convertido a los que hoy son sus vampiros —el notario, el abogado, el agente ejecutivo y otros dignatarios judiciales que le chupan la sangre— en empleados comunales asalariados, elegidos por él y responsables ante él mismo. Le habría librado de la tiranía del guarda jurado, del gendarme y del prefecto; la ilustración por el maestro de escuela hubiera ocupado el lugar del embrutecimiento por el cura. Y el campesino francés es, ante todo y sobre todo, un hombre calculador. Le habría parecido extremadamente razonable que la paga del cura, en vez de serle arrancada a él por el recaudador de contribuciones, dependiese exclusivamente de los sentimientos religiosos de los feligreses: tales eran los grandes beneficios que el régimen de la Comuna —y sólo él— brindaba como cosa inmediata a los campesinos franceses. Huelga, por tanto, detenerse a examinar los problemas más complicados, pero vitales, que sólo la Comuna era capaz de resolver —y que al mismo tiempo estaba obligada a resolver— en favor de los campesinos, a saber: la deuda hipotecaria, que pesaba como una maldición sobre su parcela; el proletariado del campo, que crecía constantemente, y el proceso de su expropiación de la parcela que cultivaba, cada vez más acelerado en virtud del desarrollo de la agricultura moderna y de la competencia de la producción agrícola capitalista.