La Comuna de Paris

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Apéndices

I

La columna de prisioneros se detuvo en la avenida Uhrich y fue formada, de cuatro o cinco en fondo, en la acera, dando vista a la calle. El general marqués de Galliffet y su Estado Mayor bajaron de los caballos y empezaron a pasar revista de izquierda a derecha. El general andaba lentamente, observando las filas; de vez en cuando, se detenía y tocaba a un prisionero en el hombro, o lo llamaba con un movimiento de cabeza si estaba en las filas de atrás. En la mayoría de los casos, los seleccionados por este procedimiento, sin más trámites, eran colocados en medio de la calle, donde formaron en seguida una pequeña columna aparte… La posibilidad de error era, evidentemente, considerable. Un oficial montado señaló al general Galliffet a un hombre y una mujer como culpables de algún crimen. La mujer salió corriendo de la fila, se puso de rodillas y, con los brazos abiertos, protestó de su inocencia en términos de gran emoción. El general aguardó unos instantes y luego, con rostro impasible, y sin moverse, dijo: «Madame, conozco todos los teatros de París: no se moleste usted en hacer comedias.» [ce n’est pas la peine de jouer la comédie…]. Aquel día era poco conveniente para nadie ser ostensiblemente más alto, más sucio, más limpio, más viejo o más feo que sus vecinos. Un hombre con la nariz partida llamó mi atención, y en seguida comprendí que debía a este detalle el verse liberado aceleradamente de nuestro valle de lágrimas… De este modo, fueron seleccionados más de cien; se destacó un pelotón de ejecución y la columna siguió su marcha dejándoles atrás. A los pocos minutos, comenzó a nuestra espalda un fuego intermitente, que duró más de un cuarto de hora. Estaban ejecutando a aquellos desgraciados, condenados tan sumarísimamente.


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