La Sagrada Familia
La Sagrada Familia «Ahora el misterio se ha transformado en bien común, en el misterio de todos y de cada uno. En mí es un arte o un instinto, o puedo comprarlo como a una mercancía».
¿Cuál misterio se ha transformado ahora en bien común del mundo? ¿El misterio de la ausencia de justicia en el Estado, o el misterio de la alta sociedad, o el misterio de la falsificación de mercancías, o el misterio de fabricar agua de colonia, o el misterio de la crítica crítica? ¡Nada de todo esto, sino el misterio in abstracto, la categoría del misterio!
El señor Szeliga se propone describirnos a los sirvientes, al portero Pipelet y a su mujer como la encarnación del misterio absoluto. Quiere construir al sirviente y al portero del misterio. ¿Pero cómo se las arreglará para descender de la categoría pura al sirviente que espía ante la puerta cerrada; pata descender del misterio, tomado como sujeto absoluto y planeando por encima de los techos, en el cielo brumoso de la abstracción, hasta el subsuelo donde se encuentra la portería?
Comienza haciendo recorrer a la categoría del misterio todo un proceso especulativo. Después que el misterio, por medio de los abortos y los envenenamientos, se ha transformado en bien común del mundo, «no se trata, pues, absolutamente, de algo oculto o inaccesible en sí; se oculta simplemente, o más bien (encantador este más bien), yo lo oculto y lo hago inaccesible».
