La Sagrada Familia

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La pena que Rodolfo infligió al Maestro de Escuela es la que Orígenes se infligió a sí mismo. Lo castra, privándole de la vista, de los verdaderos órganos de la generación. «La vista es la luz del cuerpo». Hace un gran honor a su instinto religioso el hecho de que Rodolfo imagina precisamente esa pena. Es el castigo que estuvo en boga en todo el Imperio cristiano de Bizancio, y fue el preferido durante el periodo joven y vigoroso de los imperios cristianos germánicos de Inglaterra y Francia. Separar al hombre del mundo exterior, confinado en su fuero interno abstracto con vistas a enmendarlo —enceguecerlo—, es esta una consecuencia necesaria de la doctrina cristiana, según la cual el bien reside en la realización perfecta de esa separación, en esa reducción absoluta del hombre a su yo espiritualista. Si Rodolfo no llega a encerrar al Maestro de Escuela en un convento real —a ejemplo de lo que se hacía en Bizancio y en Francia—, al menos lo encierra en un convento ideal, en el convento de una noche impenetrable, en la que jamás irrumpe la luz del mundo exterior; en un convento donde no existe más que la conciencia inactiva, el sentimiento de las culpas cometidas y que sólo está poblado de reminiscencias fantasmales.




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