La Sagrada Familia

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La crítica no hace «más que formarse fórmulas con las categorías de lo que existe», la filosofía de Hegel, las aspiraciones sociales: fórmulas, nada más que fórmulas; y a pesar de todas sus invectivas contra el dogmatismo, ella misma se condena al dogmatismo y hasta al dogmatismo femenino. Es y seguirá siendo una anciana, la filosofía de Hegel, viuda y marchita, que cubre de adornos y afeites su cuerpo reseco, reducido a la abstracción más repelente, y que con amorosas miradas busca un pretendiente por toda Alemania.

II. Béraud y las prostitutas[5]

El señor Edgar, que verdaderamente siente piedad por las cuestiones sociales, igualmente se ocupa de «la situación de las prostitutas» (p. 26).

Critica el libro que Béraud, comisario de policía de París, ha escrito sobre la prostitución, porque él, el señor Edgar, considera ante toda «el punto de vista» en que Béraud se coloca para estudiar «la situación de las jóvenes públicas en la sociedad». El señor Edgar, que personifica la «tranquilidad del conocimiento», se asombra al ver a un hombre de la policía colocándose en el punto de vista policial, y hace entender a la masa que este punto de vista es totalmente falso. Pero bien se cuida de darnos su propio punto de vista. ¡Naturalmente! Cuando la crítica se ocupa de las rameras, no es posible pedirle que lo haga públicamente.


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