Miseria de la filosofia
Miseria de la filosofia Siempre que le falla la agudeza gala aparece una pomposa jerga especulativa que pretende ser el estilo filosófico alemán. Dan verdadera grima sus alabanzas a sí mismo, su tono chillón de pregonero y, sobre todo, los alardes que hace de una supuesta «ciencia» y toda su cháchara en torno a ella. El sincero calor que anima su primera obra, aquí, en determinados pasajes, se sustituye de un modo sistemático por el ardor febril de la declamación. A todo esto viene a sumarse ese afán impotente y repulsivo por hacer gala de erudición, afán propio de un autodidacta, cuyo orgullo nato por su pensamiento original e independiente ya esta quebrantado, y que en su calidad de advenedizo de la ciencia se considera obligado a presumir de lo que no es y de lo que no tiene. Y por añadidura, esa mentalidad de pequeño burgués, que le impulsa a atacar de un modo indigno, grosero, torpe, superficial y hasta injusto a un hombre como Cabet —merecedor de respeto por su actividad práctica en el movimiento del proletariado francés—, mientras extrema su amabilidad, por ejemplo, con Dunoyer (Consejero de Estado, por cierto), a pesar de que toda la significación de este Dunoyer se reduce a la cómica seriedad con que en tres gruesos volúmenes, insoportablemente tediosos, predica el rigorismo, caracterizado por Helvetius en los términos siguientes: «On veut que les malheureux soient parfaits» [se quiere que los desgraciados sean perfectos].