Confesiones de una mujer
Confesiones de una mujer Tengo que decirle que yo cazaba como un hombre lobos y jabalíes. Conque era muy natural que me propusiera aquel acecho.
Pero mi marido de repente adoptó un aire extrañamente nervioso; y durante toda la velada estuvo agitado, levantándose y volviéndose a sentar febrilmente.
Hacía las diez me dijo de pronto:
-¿Está usted preparada?
Me levanté. Y cuando él me trajo mi escopeta, pregunté:
-¿Hay que cargar con bala o con posta?
Pareció sorprendido, y después prosiguió:
-¡Oh!, sólo con posta, bastará, puede estar segura.
Después, tras unos segundos, agregó con singular tono:
-¡Puede usted alabarse de su sangre fría!
Me eché a reír: