La mancebia
La mancebia
La marquesa de Reunedón entró como una exhalación y empezó a reír a carcajadas, con toda la fuerza de sus pulmones, con tantas ganas como se reía un mes antes, al anunciar a su amiga que acababa de engañar a su marido para vengarse, nada más que para vengarse y por una sola vez, porque verdaderamente el marqués, su esposo, era tan estúpido como celoso.
La baronesa de la Grangerie dejó sobre el diván el libro que leía y miró a Julia con curiosidad y contagiada ya por la alegría de su amiga.
—¿Qué has hecho, vamos a ver, qué has hecho? —la preguntó.
—¡Oh!… querida mía… querida raía… es curioso, curiosísimo… ¡Figúrate que me he salvado!… ¡me he salvado!… ¡me he salvado!…
—¡Sí; salvado!
—¿Pero de qué?
—¿Cómo salvado?
—¡De mi marido, hija mía, de mi marido! ¡Ya estoy libre!…
—¿Libre?… ¿En qué?…
—¿En qué?… ¡Oh, el divorcio!… ¡Sí, ya tengo en mi mano el divorcio!
—¿Te has divorciado?
