La mancebia
La mancebia
HabÃamos comido juntos varios amigos de buen humor, alegres y contentos. Uno de ellos, el más viejo de todos nosotros, me dijo:
—¿Quieres que subamos a pie la avenida de los Campos ElÃseos?
Y salimos juntos siguiendo a paso lento el largo y anchuroso paseo bajo los árboles casi desprovistos de hojas. No se oÃa otro ruido sino ese tumor confuso y continuo que se escucha en ParÃs a todas horas. Un vientecillo fresco nos azotaba el rostro, y allá arriba el cielo obscuro, negro, cubierto de estrellas parecÃa sembrado de un polvo de oro. Mi compañero me dijo:
—No sé por qué respiro aquà de noche mejor que en ninguna otra parte. Me parece que mi pensamiento se ensancha. Hay momentos en que siento esa especie de luz en el entendimiento que hace creer, durante un segundo, que se va a descubrir el divino secreto de las cosas. ¡Pero pasado ese instante la luz se extingue… la ventana se cierra y se acabó!
De cuando en cuando veÃamos deslizarse dos sombras a lo largo de los árboles, o pasábamos por delante de un banco donde estaban dos seres sentados uno junto a otro, y cuyas negras siluetas se confundÃan en una sola.
Mi amigo murmuró:
