La mancebia

La mancebia

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Algunas veces, durante la semana, alquilaba un carruaje y con una parte de su tropa femenil iba a pasar el día sobre el césped, al borde de un arroyo que serpenteaba en los barrancos de Valmont. Eran aquellas giras como paseos regocijados de colegialas en libertad: carreras locas, juegos infantiles, una alegría de reclusas embriagadas por el aire de los campos. Comían fiambres sobre los pedruscos, bebían sidra y al anochecer volvían al establecimiento con una fatiga deliciosa, una ternura dulce, y en el carruaje besaban a la Señora, que sonreía como una buena madre llena de mansedumbre y de complacencia.

La casa tenía dos entradas. En el piso bajo una especie de cafetín, se abría por la noche para la gente del pueblo y los marineros. Dos de las personas encargados del comercio especial de la casa, estaban destinadas particularmente a las necesidades de esta parte de la clientela. Servían con la ayuda de un camarero llamado Federico (un muchacho rubio, pequeño, imberbe y forzudo como un buey), las botellas de vino y de cerveza sobre al mármol de las mesas cojas; y con los brazos en torno del cuello de los parroquianos, sentadas al través sobre sus piernas ayudaban al consumo de las bebidas para mayor negocio de la casa.



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