La mancebia
La mancebia
Después de comer subimos al puente.
Ante nosotros se extendía el mar, cuya superficie tranquila y en calma iluminaba la luna serena. La embarcación se deslizaba lanzando hacia el cielo, que parecía sembrado de estrellas, una negra columna de humo; detrás de nosotros, el agua blanca, agitada por el rápido paso del barco, batida por la hélice, parecía retorcerse entre la espuma, removiendo tantas claridades que hubiera podido decirse que aquello era algo así como la luz de la luna en ebullición.
Estábamos allí reunidos siete u ocho, silenciosos, la mirada dirigida hacia las lejanas costas de África, donde nuestro buque se encaminaba. El comandante que fumaba un cigarro en medio de nosotros, dijo de pronto, siguiendo la conservación empezada durante la comida:
—Sí, aquel día tuve miedo. Mi navío estuvo durante seis horas sujeto contra esas rocas, batido por el mar. Afortunadamente un bergantín inglés nos recogió y milagrosamente logramos salvarnos.
