La mancebia
La mancebia
Se habían agrupado alrededor del juez de instrucción que daba su opinión sobre el misterioso crimen de Saint-Cloud. Desde hacia un mes todo París se ocupaba de este asunto, envuelto en sombras que nadie lograba penetrar.
M. Bermutier, de pie y apoyado en la chimenea, hablaba, reunía pruebas y antecedentes, discutía las diversas opiniones, pero no hacia deducción alguna concreta.
Muchas señoras se habían levantado para aproximarse y permanecían de pie, la mirada fija en el magistrado, de cuyos labios salían graves e interesantes palabras, y las mujeres se estremecían, vibraban crispadas por esa medrosa curiosidad, por esa ávida e insaciable necesidad de emoción y de espanto que asedian su alma y la tortura como el hambre tortura el cuerpo.
Una de ellas, más pálida que las otras, pronunció durante un silencio:
—Es horrible; todo eso toca en lo sobrenatural. Jamás se averiguará nada.
El magistrado se volvió hacia ella:
