Nuestro corazon
Nuestro corazon IBAN A VOLVER a verse, para despedirse, a la mañana siguiente, ante la puerta del hotel. André Mariolle, que había bajado el primero, esperaba su aparición con una dolorosa sensación de inquietud y de dicha. ¿Qué haría? ¿Cómo estaría? ¿Qué iba a ser de ella y de él? ¿Qué aventura dichosa o terrible acababa de iniciar? Podía convertirlo en lo que quisiera: en un alucinado, semejante a los fumadores de opio; o en un mártir, como gustase. Iba y venía junto a los coches, pues iban a separarse, ya que él remataba su viaje pasando por Saint-Malo para mantener el engaño, y los demás regresaban a Avranches.
¿Cuándo la vería de nuevo? ¿Acortaría ella la visita a su familia o retrasaría la vuelta? Tenía un espantoso miedo de su primera mirada y de sus primeras palabras, pues no había vuelto a verla y casi no se habían hablado durante el breve encuentro nocturno. Se le había ofrecido resueltamente, pero con una reserva púdica, sin demorarse, sin recrearse en sus caricias; luego, se había ido con su leve paso, susurrando: «¡Hasta mañana, amigo mío!».
