Nuestro corazon

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CAPÍTULO III

—¿CÓMO ESTÁ, MI querido señor?

Mariolle se fijó en que aquello no era ya el «querido amigo» de Auteuil; y en que le estrechaba la mano con brevedad, un presuroso apretón de mujer ocupada, acelerada, en pleno desempeño de sus obligaciones mundanas. Entró en el salón mientras la señora de Burne salía al encuentro de la espléndida señora Le Prieur, cuyos atrevidos escotes y cuya aspiración a las formas esculturales le habían valido el apodo un tanto irónico de «la Diosa». Estaba casada con un miembro del Instituto de Francia, de la rama de las Inscripciones y las Bellas Letras.

—¡Hombre, Mariolle! —exclamó Lamarthe—. ¿De dónde sale, mi buen amigo? Ya lo dábamos por muerto.

—Acabo de volver de un viaje por el Finisterre.

Refiriendo estaba sus impresiones cuando el novelista lo interrumpió:

—¿Conoce a la baronesa de Frémines?

—No; sólo de vista. Pero me han hablado mucho de ella. Dicen que es muy peculiar.

—La archiduquesa de las locas de atar: pero con un toque, con un bouquet de modernidad exquisitos. Venga, que voy a presentarlo.


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