Nuestro corazon
Nuestro corazon NO BIEN SE HUBO separado de la señora de Burne, al disiparse el mordaz encanto de su presencia, notó André Mariolle en sí y en cuanto lo rodeaba, en la carne, en el alma, en el aire, en el mundo entero, algo así como el desvanecimiento de ese gozo de vivir que lo sostenía y lo confortaba desde hacía algún tiempo.
¿Qué había sucedido? Nada de importancia, casi nada. Al final de la reunión había estado encantadora con él y le había dicho, con una o dos miradas: «De los presentes, sólo me importa usted». Y, no obstante, se daba cuenta de que acababa de revelarle cosas de las que él habría querido no enterarse nunca. Tampoco eso tenía importancia, casi ninguna importancia; y, sin embargo, él se había quedado tan aturdido como un hombre que descubre algún hecho turbio de su madre o de su padre al enterarse de que desde el primero de esos veinte días, durante esos veinte días que él creía que se habían entregado ambos, consagrado ambos, minuto a minuto, al sentimiento tan reciente y vivaz del florecimiento de su ternura, la señora de Burne había vuelto a su antigua existencia, compuesta de innumerables visitas, gestiones y proyectos, que había reanudado aquellas odiosas lides galantes, que se había enfrentado con sus rivales, había perseguido a hombres, había recibido elogios con complacencia y desplegado todas sus seducciones para otros que no eran él.
