Nuestro corazon

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CAPÍTULO V

HASTA COMIENZOS DE invierno, fue más o menos fiel a aquellas citas. Fiel, mas no puntual.

Durante los tres primeros meses, llegó con retrasos que oscilaban entre los tres cuartos de hora y las dos horas. Como los chaparrones otoñales obligaban a Mariolle a esperar debajo de un paraguas, tras la puerta del jardín, con los pies en el barro y tiritando, mandó construir detrás de aquella puerta algo así como un kiosco pequeño de madera, como un vestíbulo cubierto y cerrado, para no acatarrarse en cada una de las citas. Los árboles no lucían ya sus frondas. En vez de rosas y de todas las demás plantas, había ahora extensiones de arriates altos y anchos de crisantemos blancos, rosa, violeta, púrpura, amarillos, que exhalaban, en el aire húmedo cargado del olor melancólico de la lluvia que caía sobre las hojas muertas, su aroma un tanto amargo y balsámico, un tanto triste también; eran flores grandes y nobles de finales de otoño. Ante la puerta de la casita, las especies poco comunes, de combinados matices, que el Arte hipertrofiaba, formaban una gran cruz de Malta de tonalidades delicadas y cambiantes, una ocurrencia del jardinero; y Mariolle no podía pasar ya ante ese arriate, en que se abrían nuevas y sorprendentes variedades, sin que le oprimiese el corazón el pensamiento de que esa cruz florida parecía señalar el emplazamiento de una tumba.


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