Nuestro corazon
Nuestro corazon ANDRÉ MARIOLLE FUE el primero en llegar a casa de la señora de Burne. Se sentó y miró, en derredor, aquellas paredes, aquellos objetos, aquellos cortinajes, aquellos adornos, aquellos muebles a los que tenía cariño por ser de quien eran, toda aquella vivienda que le era familiar, en donde la había conocido, en donde la había hallado y en donde tantas veces se había reunido con ella, en donde había aprendido a amar, en donde había descubierto en sí y notado crecer, día a día, aquella pasión hasta el momento de la inútil victoria. ¡Con qué ardor la había esperado a veces en aquel coqueto lugar pensado expresamente para ella, marco delicioso para aquel ser exquisito! ¡Y qué bien conocía el aroma de aquel salón, de aquellas telas, un suave olor a iris, aristocrático y sencillo! Allí lo habían estremecido todas las esperas, lo habían hecho temblar todas las esperanzas, había explorado todas las emociones y, a la postre, todos los desamparos. Oprimía, como si fueran las manos de un amigo de quien fuese a separarse, los brazos del ancho sillón en el que tantas veces había charlado con ella mientras la miraba sonreír y hablar. Habría querido que no entrase allí, que no entrase nadie, y quedarse a solas todas la noche, soñando con su amor, de la misma forma que se vela a un muerto. Y, luego, al amanecer, se habría ido para mucho tiempo, quizá para siempre.
