Nuestro corazon

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CAPÍTULO I

UNA MAÑANA RADIANTE iluminaba la ciudad. Mariolle subió al coche que lo estaba esperando delante de la puerta con una bolsa de viaje y dos baúles en la baca. La noche anterior, sin más demora, había mandando a su ayuda de cámara que preparase la ropa y los objetos necesarios para una ausencia prolongada, y dejaba, al irse, unas señas provisionales: «Lista de correos de Fontainebleau». No se llevaba a nadie consigo pues no quería ver cara alguna que le recordase París ni tampoco quería oír voz alguna que hubiera oído anteriormente mientras pensaba en ciertas cosas.

Le gritó al cochero: «¡A la estación de Lyón!». El coche de punto se puso en marcha. Se acordó entonces de aquella otra partida hacia el monte Saint-Michel, en la primavera anterior. Faltaban tres meses para que se cumpliera un año de aquello. Luego, para olvidarlo, miró la calle.

Salió el coche a la avenida de los Campos Elíseos, que inundaba una oleada de sol primaveral. En aquella mañana luminosa, las hojas verdes, ya liberadas de su cárcel merced a esos primeros calores de las semanas anteriores que los dos últimos días de granizo y frío no habían interrumpido sino brevemente, se abrían tan deprisa que parecía brotar de ellas un aroma de frondas frescas y de savia evaporándose durante el parto de futuras ramas.


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