Nuestro corazon
Nuestro corazon SE SENTÍA TORTURADO, pues la amaba. No era como los enamorados vulgares, a quienes la mujer que su corazón ha elegido se les muestra rodeada de una aureola de perfección; se había aficionado a ella al tiempo que la miraba con ojos clarividentes de varón suspicaz y desconfiado que nunca cayó por completo en red alguna. Su vivaz pensamiento, penetrante y perezoso, siempre a la defensiva en la existencia, lo había preservado de las pasiones. Unas cuantas intrigas, dos breves relaciones amorosas fenecidas por aburrimiento, y amores mercenarios dejados por asco, nada más había en la historia de su alma. Eran las mujeres para él unos objetos útiles para quienes deseen una casa bien llevada y unos hijos, o unos objetos relativamente placenteros para quienes anden buscando pasar el tiempo con el amor.
