Nuestro corazon
Nuestro corazon ACABABA DE LLEGAR Mariolle a casa de la señora de Burne. La estaba esperando, pues aún no había regresado, aunque le había mandado esa misma mañana un telegrama para citarlo a las cinco.
En aquel salón en el que tan a gusto se encontraba, en donde todo le resultaba grato, notaba, empero, cada vez que se hallaba solo en él, el corazón un tanto oprimido, cierta dificultad al respirar, cierto nerviosismo, y todo ello le impedía sentarse a aguardar a que entrase ella. Paseaba arriba y abajo, en dichosa espera, con el temor de que un obstáculo imprevisto impidiese a la señora de Burne volver a casa y quedase pospuesta la entrevista hasta el día siguiente.
Cuando oyó que un coche se detenía ante la puerta de la calle, tuvo un sobresalto esperanzado; y, cuando sonó el timbre del piso, ya no le quedó duda alguna.
Entró sin quitarse el sombrero, cosa que nunca hacía, con aspecto presuroso y contento.
—Tengo una noticia que darle.
—¿Y cuál es esa noticia?
Ella se echó a reír mientras lo miraba.
—Pues que me voy a pasar unos días al campo.
Se adueñó de Mariolle una pena repentina y violenta que se le reflejó en el rostro.
—¡Ah! ¡Y lo anuncia con esa cara de satisfacción!
