Pedro y Juan
Pedro y Juan ¡Ah!, ¡los remordimientos! Los remordimientos debieron torturarla antes, al principio; luego se habían desvanecido, como se desvanece todo. Seguramente había llorado su falta y poco a poco acabó casi por olvidarla. ¿Acaso todas las mujeres, todas, no tienen la facultad prodigiosa del olvido, que las hace casi desconocer después de algunos años al hombre a quien han dado a besar su boca y todo su cuerpo? El beso hiere como el rayo, el amor pasa como la tempestad, luego la vida se serena como el cielo y sigue tranquila. ¿Quién se acuerda de una nube?
Pedro no podía permanecer en su cuarto. Aquella casa, la casa de su padre se le caía encima. Sentía pesar el techo sobre su cabeza, y las paredes le ahogaban; y como tenía mucha sed, encendió la bujía para ir a beber un vaso de agua fresca a la fuente de la cocina.