Pedro y Juan
Pedro y Juan Vivía en la casa paterna como un extraño, mudo y reservado. Desde la noche en que dejó escapar delante de su hermano el infame secreto que había descubierto, comprendió que había roto los últimos lazos que le unían a los suyos. Le devoraba el remordimiento de haber revelado a Juan su origen y se juzgaba odioso y malvado, sin embargo de que parecía que se le había quitado un gran peso desde que hubo hablado.
No encontraba nunca la mirada de su madre ni la de su hermano. Sus ojos habían tomado para evitarlo una movilidad sorprendente, y tenían astucias de enemigos que temen cruzarse. Él seguía preguntándose: «¿Qué ha dicho su madre a Juan? ¿Ha confesado o ha negado? ¿Qué piensa él de ella y qué piensa de mí?». No podía adivinar y se exasperaba. Apenas les hablaba más que delante de Roland, para evitar preguntas.
El mismo día que recibió la carta anunciándole su nombramiento la enseñó a su familia. Su padre, que tenía gran tendencia a alegrarse por todo, palmoteó. Juan contestó seriamente, pero lleno de alegría:
—Te felicito de todo corazón porque sé que había muchos pretendientes. Seguramente debes eso a las cartas de tus profesores.
Su madre bajó la cabeza, murmurando:
—Me alegro mucho de que lo hayas logrado.