Pedro y Juan

Pedro y Juan

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I

—¡Chist! —exclamó de repente Roland, que hacía un cuarto de hora que estaba inmóvil, con los ojos fijos en el agua y levantando a intervalos ligeramente el anzuelo sumergido en el fondo del mar.

Su esposa, dormida en la popa al lado de la señora de Rosemilly, invitada a la partida de pesca, se despertó y dijo volviendo la cabeza hacia él:

—¿Qué tal, Jerónimo?

El buen hombre contestó furioso:

—Ya no muerden. Desde las doce no he cogido nada. No debía uno pescar más que con hombres; las mujeres siempre nos hacen embarcar demasiado tarde.

Sus dos hijos, Pedro y Juan, que estaban respectivamente a babor y a estribor, teniendo cada uno un sedal liado en el índice, se echaron a reír al mismo tiempo, y Juan respondió:

—No eres galante con nuestra convidada, papá.

El señor Roland se excusó confuso:

—Perdone Ud., señora, yo soy así. Invito señoras porque me gusta estar con ellas, pero en cuanto me veo en el mar no pienso más que en el pescado.

La señora de Roland se había despertado enteramente, y miraba complacida el ancho horizonte de rocas y agua.

—Sin embargo —dijo—, has hecho una buena pesca.


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