La montaña perdida
La montaña perdida El fracaso de su tentativa y el doble suplicio de sus desgraciados compañeros consternó a los sitiados. Ya no tenían esperanza de escapar, de no ser gracias a una circunstancia imprevista, como el paso de un destacamento o de una caravana bien armada y numerosa. Si se diera uno de estos dos casos, la bandera mejicana que tenían enarbolada en lo más alto del monte no dejaría de llamar la atención y, tal vez de esta manera, los indios se sintieran inclinados a abandonar el asedio.
Si tuvieran la suerte de que alguien se diera cuenta de lo que ocurría, aunque careciese de fuerzas para hacer huir a los indios, podría, por lo menos, llevar aviso a las regiones civilizadas.
Pero, desgraciadamente, todo eso no pasaba de ser una esperanza ilusoria y bien lo comprendían ellos. De momento no podían hacer otra cosa sino prolongar lo más posible su resistencia, y para ello era necesario procurarse víveres.
Después del drama de la mañana, ninguno se sintió con fuerzas para dedicarse a las habituales ocupaciones, pero al cabo de algunas horas, Roberto Tresillian, comprendiendo los perniciosos efectos de semejante inacción, se dispuso a reanimar el decaído " ánimo de sus compañeros.
