La montaña perdida
La montaña perdida Mientras tanto, los mineros se dirigieron hacia el Cerro Perdido. Los arrieros y los vaqueros excitaban a sus animales con gritos y golpes, pero las pobres bestias ya no podían más, y sus hocicos iban casi rozando el suelo en busca del agua que sus amos no podían darles.
Estos sufrían también extraordinariamente, y apenas podían hablar, de tal manera estaban secas sus gargantas. A pesar del deseo que tenían de llegar adonde hubiese agua, era tal la fatiga que sentían, que no se sintieron capaces de seguir andando sin hacer un alto. Todavía les separaban diez millas de la montaña y era locura querer recorrer tal espacio antes de que llegase la noche.
—Más vale que durmamos ahora y mañana por la mañana reanudaremos la marcha-dijo don Esteban.
—Lo mismo creo-dijo el gambusino—. Mañana por la mañana, temprano, daré una vuelta por los alrededores a fin de ver si tengo la suerte de encontrar agua.
La caravana recibió la orden de acampar por aquella noche. Estaban más sedientos todavía, pero ya la esperanza anidaba en sus corazones.