La montaña perdida
La montaña perdida Habían transcurrido ya diez días desde la marcha de Enrique Tresillian, y sus compañeros seguían sitiados con el mismo rigor o más aun si cabe, pues los indios habían rodeado la montaña de centinelas para impedir subsiguientes evasiones.
La situación de los blancos no había cambiado, a excepción de que apenas les quedaban provisiones, de manera que empezaban a sufrir las penalidades del hambre y algunos, los más débiles, mostraban señales de debilidad. Para colmo de infortunios, ignoraban por completo la suerte que habría cabido a su mensajero. Desde luego, ya sabían que no había caído en manos de los indios, pero otros obstáculos podían haberse presentado en su camino. Además, el hambre les hacía ser pesimistas y muchos creían que el coronel Requena no estaría en Arispe a la llegada de Enrique, y que no vendría el socorro que con tanta ansiedad esperaban.
Tampoco en el campamento de los indios parecía reinar el contento. Estaban visiblemente inquietos y a cada momento partían exploradores en todas direcciones. Un día los que se alejaron hacia el sur regresaron para dar una noticia en apariencia importante. Seguramente debía de ser agradable, porque fueron acogidos con gritos de alegría.
