La montaña perdida
La montaña perdida Todas las mañanas, una hora después de salir el sol, Roberto Tresillian y don Esteban iban a examinar el horizonte con ayuda de su anteojo para descubrir el socorro que esperaban, y aunque la noche anterior casi nadie pudo dormir a causa del ruido de los pieles rojas, que celebraban el regreso de sus compañeros, los jefes de los blancos no renunciaron a su costumbre.
Pedro Vicente estaba a su lado y apenas habían llegado a su observatorio habitual, cuando sintieron excitada su atención, pues en el horizonte, distinguieron algo que brillaba lo bastante para ser visto sin ayuda del anteojo.
—Me parece que aquello son las armas de los soldados que vienen a socorrernos —dijo el gambusino—. ¡Quiera Dios que no me engañe mi deseo!
—i Sí, son ellos!-gritó don Esteban con voz alterada por la emoción—. Veo las armas y los caballos. ¡Dios sea bendito!
Aquella feliz noticia corrió por el campamento como reguero de pólvora y todos se dirigieron apresuradamente a los puntos desde los cuales podrían observar la llegada de los salvadores.
