La montaña perdida
La montaña perdida Al apuntar el alba los pieles rojas se pusieron en marcha, pero antes de que el sol estuviera muy alto en el horizonte acamparían nuevamente, porque no tenían la costumbre de viajar en las horas de calor. Además, como los animales cuyo nombre llevaban, preferían apoderarse de su presa por la noche.
Aquella madrugada hacían rápidamente sus acostumbrados preparativos, aunque sin el más pequeño ruido, no porque tuviesen que recelar de nadie, sino porque tal era su costumbre. Su primer cuidado fué cambiar de sitio las estacas a qué estaban sujetos los caballos a fin de que éstos pudieran pacer en la hierba nueva, y luego se ocuparon en disponer su propia comida. Seis de ellos se dirigieron al horno en que había estado cociendo toda la noche el pastel de carne de caballo. Pronto se difundió delicioso olor y la negruzca masa quedó expuesta a la vista de todos. El mezcal estaba ya cocido.
Se congregaron en torno del estupendo pastel, lo cortaron con sus cuchillos y empezaron a comer con glotonería, de tal manera que momentos después ya no quedaba nada absolutamente. Terminada que fué la comida fumaron sus pipas, y en cuanto se apagó la del jefe, éste dió la orden de reanudar la marcha.
