La montaña perdida
La montaña perdida Una vez la caravana de los mineros llegó a la fuente, bebieron todos e hicieron abundante provisión de agua para las diez millas que les faltaban. Luego reanudaron la marcha llenos de entusiasmo y pronto se vieron al pie del Cerro Perdido, en donde instalaron su campamento.
Enrique Tresillian y Pedro Vicente, que eran compañeros inseparables, fueron a inspeccionar los alrededores. Ya no sentían las torturas de la sed y satisfechos contemplaban la espléndida vegetación que los rodeaba. De pronto, a pocos pasos de distancia, una bandada de aves salió de la maleza.
—¡Guajalotes!-exclamó el mejicano.
Efectivamente, eran unos pavos muy hermosos, aunque en estado salvaje. El jefe de la bandada dió la señal de alarma al advertir la presencia de los hombres, pero, antes de que consiguieran alejarse, Enrique consiguió matar tres de ellos.
—¡Buen comienzo!-exclamó el mejicano—. La carne de estos bichos es excelente. Además, la presencia de estas aves me demuestra que por aquí no hay coyotes ni animales carnívoros.
