La montaña perdida
La montaña perdida Una vez en la cima del Cerro Perdido los mineros se apercibieron a la lucha y en poco tiempo estuvieron en situación de defenderse.
Mientras tanto don Esteban, junto con algunos hombres a sus órdenes y Roberto Tresillian, estaban sentados en grandes piedras vigilando la garganta. Se acercó el joven Enrique diciendo a su padre:
—Tenía razón Vicente al asegurarnos que en la montaña podríamos defendernos mucho mejor que en el campamento.
—No hay duda— le contestó su padre—. Esta fortaleza natural es en extremo sólida y podría resistir incluso un ataque con piezas de artillería.
Efectivamente, el Cerro Perdido les ofrecía un refugio seguro contra los apaches que estaban a punto de llegar; no tenían más que hacer sino vigilar la garganta de la montaña, por ser el único lugar accesible, pues todas sus laderas estaban cortadas a pico y era absolutamente imposible escalarías.
