La montaña perdida
La montaña perdida —¡Dejad las armas y tomad los lazos!— gritó el jefe.
Los indios obedecieron desenrollando las cuerdas que llevaban alrededor de la cintura y de las que se servÃan como lazos.
—Vamos a coger los caballos y las mu— las abandonados por los rostros pálidos— añadió Cascabel.
Los indios montaron nuevamente a caballo y avanzaron lentamente, tratando de rodear las caballerÃas de los blancos, pero los animales no se dejaban capturar fácilmente.
Asustados, los caballos trataban de huir y relinchaban furiosos, en tanto que los pieles rojas aullaban cada vez que les fallaba el lazo contra uno de los caballos. Mientras tanto don Esteban, el gambusino y Enrique Tresillian, contemplaban el espectáculo desde su observatorio, sin perder de vista los movimientos de los indios, pero los demás mineros estaban tristes pensando en que los pobres animales iban a ser pronto propiedad de los salvajes.
De pronto, un soberbio caballo negro, que estaba a cierta distancia de los demás, llamó la atención de uno de los indios, el cual empezó a perseguir al animal que galopaba velozmente por la llanura.
