La montaña perdida
La montaña perdida El gambusino, que conocía el país, dijo a sus compañeros que, de haber emprendido la marcha un poco más tarde, hubiesen encontrado numerosos arroyuelos de las lluvias, pero que, a la sazón, no había esperanza de que lloviese. No obstante, añadió que en cuanto llegasen al Cerro Perdido, hallarían tanta agua como pudieran necesitar.
—Peor-dijo-que esta falta de agua, sería la presencia de los indios.
—¿Y a qué distancia nos hallamos del Cerro Perdido?-preguntó el señor-Villanueva.
—A cosa de diez millas-contestó el señor Tresillian.
—No, señor-replicó el gambusino— Por este árbol que tenemos a poca distancia, sé que nos hallamos, por lo menos, a veinte millas. Y hemos de llegar mañana mismo, a todo trance. Por mi parte, llegaré como me llamo Pedro Vicente.
—En tal caso, lo mejor es reanudar inmediatamente la marcha-dijo Tresillian.
—Sí, Pedro-dijo familiarmente don Esteban-» Echemos a andar sin más retraso. Id a dar la orden.