La montaña perdida
La montaña perdida Era media noche y reinaba la obscuridad en la montaña y en el llano, porque las nubes habían ocultado la luna. El silencio se alteraba a veces con el relincho de alguna caballería, sin duda al sentir el picotazo de alguno de los insectos que pululaban por las cercanías del lago, pero no se oía ninguna voz humana, ni de los sitiados ni de los sitiadores, de manera que habría podido creerse que todos dormían profundamente.
Pero aquel silencio era engañador, porque no todos dormían en ninguno de los dos campamentos. Junto al de los indios había centinelas y en la garganta se movían cautelosamente dos sombras. Los dos hombres-pues tales eran-no parecían temer nada, tal vez porque en aquellos momentos los protegía la obscuridad. Detuviéronse luego y empezaron a hablar en voz baja:
—Creo que debemos subir esta misma noche al "Nauchampa-tepelt"-decía uno—. Los rostros pálidos deben de estar desprevenidos y podríamos vencerlos sin que ofrezcan seria resistencia.
—Lo mismo opino-decía su interlocutor—. Sin duda, el sitio sería más prudente, pero también mucho más largo.
