La montaña perdida
La montaña perdida El tiro del gambusino despertó a los demás ocupantes de la montaña y don Esteban acudió seguido de algunos de sus hombres.
—¿Qué ocurre?-preguntó—. ¿Acaso los indios se proponÃan atacarnos?
—Nada de eso, don Esteban-contestó el mejicano—, sino que el Cascabel, con uno de los suyos, se habÃa aventurado por la garganta y no he perdido la ocasión de mandarlo al otro mundo de un tiro.
—¿Cree usted haberlo muerto?
—Estoy casi seguro-contestó confiadamente el gambusino—. Es verdad que la luna me ha favorecido y el dibujo de su pecho ha sido un excelente blanco para mÃ.
—De todas maneras, la distancia a que se hallaba usted del indio, impide que pueda afirmar que lo ha matado. Tal vez sea su compañero el que ha recibido el balazo.
—Unicamente el Cascabel lleva tal dibujo en su pecho y, a pesar de la distancia, estoy seguro de no haberme engañado. Y si no fuera porque estoy seguro de ganar, no tendrÃa ningún inconveniente en apostar lo que usted quisiera.
—En fin, mañana lo veremos. No hay duda de que si no vemos al Cascabel entre sus hombres, será porque habrá muerto.
