La montaña perdida
La montaña perdida El mejicano llegó a preguntarse si los indios, privados de su jefe, persistirÃan en su asedio, a pesar de las amenazas que habÃan dirigido contra los blancos; pero al presenciar las ceremonias que siguieron a la muerte del Cascabel, no tuvo duda alguna de que no se moverÃan de donde estaban.
Asà lo dijo a don Esteban, el cual se manifestó sorprendido de la afirmación del mejicano y de la seguridad con que hablaba.
—¿Cómo lo sabe usted, Pedro? Yo, por el contrario, creo que van a dejarnos tranquilos y que continuarán su expedición.
__ No hay miedo-le contestó Pedro Vicente—. Esperarán pacientemente nuestra capitulación, y en cuanto hayan satisfecho su venganza en nosotros, se marcharán cargados con nuestros bienes.
—Pues, en tal caso, perderán el tiempo si esperan que nos rindamos.
—¡Oh, tienen todo el tiempo que les haga falta! Cuando los apaches salen de expedición, nunca saben la fecha del regreso a sus poblados.
—Mire usted, don Pedro-exclamó Enrique Tresillian-los coyotes montan ahora los caballos y las muÃas que han capturado.
