La montaña perdida
La montaña perdida Mientras Enrique Tresillian se preguntaba la causa de la inquietud de su caballo, llegó un ruido a oídos de sus compañeros. Parecía proceder del claro. Era un ruido misterioso e inexplicable.
Los centinelas escuchaban en silencio; el ruido era ya más claro y parecía causado por numerosas voces humanas; pronto distinguieron exclamaciones de temor de los hombres, chillidos de las mujeres y los gritos de terror de los niños.
¿Qué ocurría en el claro en que estaba instalado el campamento? Nadie, entre los centinelas, podía explicárselo. ¿Acaso habrían logrado los indios llegar hasta los blancos por un camino desconocido?
Los centinelas abandonaron sus puestos y se dirigieron apresuradamente al claro para averiguar lo que pasaba, y al desembocar en el nuevo campamento, Enrique oyó una voz dulce que pronunciaba su nombre.
Aquella voz era la de la joven Gertrudis. ¿Correría peligro?
