La montaña perdida
La montaña perdida A las jornadas llenas de emociones, sucedió un período de tranquilidad, tanto para los sitiadores como para los sitiados. Sin embargo, entre los indios reinaba cierta actividad. A todas horas, pero sobre todo por la noche, los sitiados podían ver destacamentos que entraban y salían. Naturalmente, esto intrigaba a los sitiados hasta que sus centinelas averiguaron la razón de aquel movimiento.
Observaron que, a intervalos bastante regulares, los sitiadores daban la vuelta a la montaña, observando cuidadosamente sus laderas, como si quisieran convencerse de que los sitiados no tenían medio de escapar. Sin duda, estas observaciones resultaron satisfactorias, porque paulatinamente las patrullas fueron más escasas, aunque no llegaron a ser suprimidas totalmente.
Los indios se convencieron de que los rostros pálidos no tenían ninguna posibilidad de eludir su vigilancia y que, por lo tanto, un día u otro caerían fatalmente en sus manos. No habían de hacer más que esperar.
Posiblemente el asedio sería largo; pero antes que renunciar a vengar a su jefe, los coyotes permanecerían allí meses enteros.
