La montaña perdida
La montaña perdida Casi siempre Pedro Vicente y Enrique Tresillian hacían guardia juntos, pues se profesaban verdadera amistad después de haberse reconocido recíprocamente las cualidades de cada uno. Para el mejicano, ni la llanura ni el monte parecían tener secreto alguno y por esta razón su trato era en extremo instructivo.
Pedro Vicente no era viejo, de manera que debía suponerse que sus conocimientos los había adquirido en una vida llena de aventuras, durante las cuales pudo recorrer el país palmo a palmo.
Pero aunque no guardaba para sí ningún detalle de cuanto había visto o aprendido, en cambio, observaba impenetrable reserva en todo lo que se refería a su vida privada, en la que, sin duda alguna, debía de haber un drama.
Enrique se daba cuenta de ello, a pesar de su inexperiencia. Como todos los de su edad, era curioso; pero no se tomaba la libertad de interrogar a su amigo, pues hay confidencias que deben ser hechas libremente, sin la menor presión. Para obtenerlas, basta esperar pacientemente.
