Una herencia salvaje (Las guerreras Maxwell 10)
Una herencia salvaje (Las guerreras Maxwell 10) La luz de la mañana entraba tamizada por los ventanales del castillo cuando Amanda pidió conocer a los niños. Joshua la condujo hasta la sala donde Peyton, con su cabellera rojiza despeinada y un vestido sencillo, jugaba en silencio con muñecas de trapo. Al verla, la pequeña retrocedió instintivamente, como un ciervo que huele el peligro. Amanda sonrió, agachándose para quedar a su altura. —Hola, Peyton. —Su voz fue cálida, sin rastro de lástima—. Soy Amanda, una amiga de tu papá. La niña no respondió. Sus grandes ojos verdes la escrutaban con miedo y curiosidad. —¿Puedo sentarme contigo? —preguntó Amanda. Peyton dudó, pero asintió levemente. Amanda tomó una de las muñecas y comenzó a hablar con ella como si fueran viejas amigas, haciéndola reÃr en apenas unos minutos. Aquella sonrisa, tÃmida y frágil, fue el primer triunfo del dÃa.
Ossian, el pequeño de apenas un año, estaba en brazos de una niñera. Amanda lo tomó con naturalidad, acunándolo mientras el bebé se acurrucaba contra su pecho. Joshua, que observaba desde la puerta, murmuró para sÃ: —La muchacha tiene un don. Pero no era un simple don; Amanda habÃa crecido rodeada de niños y sabÃa cómo entrar en sus mundos sin forzarlos. Para Peyton, que habÃa vivido bajo la frialdad de su madre y la distancia de un padre atrapado en sus propios fantasmas, aquella joven era un rayo de sol inesperado.
