Una herencia salvaje (Las guerreras Maxwell 10)
Una herencia salvaje (Las guerreras Maxwell 10) Amanda lo observó con una mezcla de admiración y alivio: por fin, el hombre que cargaba sus heridas empezaba a enfrentar los fantasmas que lo perseguían. Pero también vio en sus ojos el dolor crudo de alguien que aún no sabía si merecía ser feliz.
Esa noche, Amanda lo encontró otra vez en la biblioteca. Sin pedir permiso, se sentó frente a él. —Te escuché hoy —dijo, con suavidad. —¿Y qué piensas? —preguntó Brodrick, sin mirarla. —Que empiezas a creer que mereces quedarte con lo que amas. Él alzó la mirada, sorprendido por la certeza en sus palabras. —Amanda… —susurró, como si su nombre fuera un peso y un alivio al mismo tiempo.
No hubo más palabras. Solo el silencio compartido de dos almas que comenzaban a reconocerse en medio de las ruinas.
Los días siguientes convirtieron el castillo de Aviemore en un campo minado. Amanda, incapaz de callar lo que pensaba, se enfrentaba a Brodrick cada vez que sentía que él retrocedía tras los muros que había construido. Él, acostumbrado a mandar y a que su palabra fuera ley, encontraba en ella un desafío tan irritante como irresistible.